¡Carajo! de lejos dobló una mujer la cuadra; de coleta alta, caminaba al otro lado de la calle con su coleta alta y abombada retaguardia, y yo no quería ni podía dejar de verla caminar con mi fetiche apretado sobre sus piernas, clavado en su sexo y entre su gordo rabote. De pronto cruza la calle, nos miramos, sonreímos y sigue su camino justo delante de mí, moviendo su trasero exquisito en frente de mi verga. Y mi deseo bravo me hace temblar; la sangre en ebullición punzandome el pecho, mientras sus nalgas se mueven suaves, corazonandose en las calzas negras, translucidas dejan ver estas, unas simples, grandes, feas pantaletas. Su glorioso rabo engalana esas claras pantaletas. Quisiera cogerla detrás y frotarle mi verga dura. Esperamos juntos en el alto de autobús, ella siempre delante, dejándome embriagarme la mirada con un perfecto par de nalgas. Se va y llega otra más alta; una pelinegra guapísima metida en tremendas calzas blancas, las piernas estilizadas suben hasta un culo poco menos desgraciado que el anterior. Las caderas un tanto estrechas lo afean, aún así, es hermoso, y cuando sube el camión delante de mí, casi puedo clavar la cara entre sus cachas, casi puedo oler sus bragas.


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